Ví de nuevo el rostro de mi madre. Era una noche que parecia haber escindido La noche del sueño. La noche avanzaba o se detenía, cuchilla que cercena o soplo huracanado, pero el sueño no caminaba hacia su noche. Sentía que todo pesaba hacia arriba, allí hablabas,susurrabas,casi para los oídos de un cangrejito, ya sé,porque ví su sonrisa. Que quería llegar regalándome ese animalito, para verlo caminar con gracia, o profundizarlo en una harina caliente. La mazorca dura como un diente de niño, en una gaveta con hormigas plateadas. El símil de una gaveta como una culebra, la del tamaño de un brazo,la que viruta la lengua en su extensión doblada,la de los relojes viejos,la temible y risible gaveta parlante. Recorría los filos de la puerta, para empezar a sentir ,tapándome los ojos, aunque lentamente me inmovilizaba, que la parte restante pesaba más. Con la ligereza del peso de la lluvia o las pesianas del arpa. En el patio asistían la luna completa y los otros meteoros convidados. Propicio era y mágico del itinerario de su costumbre. Miraba la puerta, pero el resto del cuerpo permanecía en lo restado, como alguien que comienza a hablar, que vuelve a reirse, pero como se pasea entre la puerta y lo otro restante. Parece que se ha ido,pero entonces vuelve. Lo restante es Dios tal vez, menos yo talvez, tal vez el raspado solar y en el a horcajadas el yo talvez. A mi lado el otro cuerpo, al respirar,mantenía la visión pegada a la roca de la vaciedad esférica. Se fué reduciendo a un metal volante con los bordes asaltado por la brevedad de las llamas, a la evaporación de una pequeña taza de café matinal, a un cabello. ~José Lezama Lima~
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