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Humo, hollín, ruido, poleas, Asmático jadeo, las calderas -transparencia furtiva de un recuerdo- sudor, fatiga, y el sádico reloj de agujas lerdas. Tu hijo, señal de mediodía no ha querido sentarse hoy a la mesa.
No es enojo, ni es rabia, ni es envidia. Una cosa cansada por sus venas y mil circunferencias, girando sin cesar por su cabeza.
Es una montaña puesta sobre su corazón. Tu hijo es un hombre con un tórax enorme. Tu hijo es un león, y no llora, él ruge su tristeza.
Cuando ha sentido subir por la garganta
trepando su sollozo ha cerrado su puño y ha golpeado la mesa con vigor de toro. Le contemplas, en nieve tu cabeza y en brasas tu corazón, porque tu sabes que ha de estallar en huelga esa tristeza. Porque hay muchos como él; así son todos; fingen rencor cuando en sus venas corre una dolorosa sangre buena.
Si hasta las chimeneas -un poco humana vertical de piedra- están mintiendo erguidas su insolencia. También ellas tienen ronca la voz como los niños después de haber llorado penitencia.
Pero tu hijo es algo más que tu hijo. No es el cuerpo que pudrirá la tierra; no es la hora ni el día, ni es el siglo que dure su existencia...
Es la humanidad entera, dándose en martillo, soportando en yunque, sufriendo en hierro, resplandeciendo en chispa. Es la promesa. Es el mañana, poniendo un verdor Nuevo en cada rama.
Tu hijo sufre, el motivo, qué importa. El dolor es una sola cosa; dolor. Cuando comprenda que la angustia no se mata a puñetazos, le verás de Nuevo mano abierta apoyándose en paz, sobre la mesa, y labios puros volcando confidencia.
Debes tener paciencia. Nuestro arribo, tú sabes, es una eterna espera. Las madres, siempre estamos a la puerta de los pasos del hijo que se acerca.
Hoy panfletos, rumores, voz secreta. Ocultarás sospecha, y has de darle la ropa de tarea, aunque sepas que tu hijo no es de los que rompen huelga. Y en el latido de tus venas sientes, en tu fibra, en tu surco, en tu semilla que es tan sólo tristeza, y no importa el motivo. Una ancestral querella y una vieja fatiga. Y tú estás allí, eterna, con tu lumbre de paz sobre el camino. Extendidas las alas de tu miedo hacia todos los rumbos del vacío, doliéndote en tu sangre y en tu carne, la tortura de tu hijo entristecido.
(Matilde Alba Swaan)
En homenaje a esta excelente escritora


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