Tú creíste siempre que todo era cuestión de limpiar fusiles
y desfilar su apostura en los días de fiesta.
Tú creíste siempre que te sería devuelto el hijo
apenas si rapada la cabeza,
y que mostrarías a tus nietos su retrato, tal como sirvió bajo bandera.

Pero hubo que romper tinieblas;
y tu hijo que bebió tu leche, y es cierto que fue tu leche buena,
enarboló flameando al infinito bandera de libertad,
-esa bandera que le entregaste tú aun siendo niño,
en un desgarramiento de mordazas
y en una airosa destrucción de grillos.

Una bala, que no habría querido, de haber tenido alma,
destrozar su latido, penetró por sus venas,
y veinte primaveras, auroral racimo, cayeron de improviso
sobre la tierra negra. Insólito cultivo.
Semilla de libertad con regadío de sangre de soldado, casi un niño.
Se iluminó la noche, y el resplandor de la primera estrella
puso diafanidad de ausencia en el tránsito de él, sobre la tierra.

Tu soldado ya no limpiará fusiles, y ya no lucirá su estampa apuesta
por las calles soleadas de la patria en los días de fiesta.
Y no tendrás nietos para aquel retrato que guardabas tierna.
Y porque eres la madre de aquel conscripto,
pecho viril por única coraza; visión azul en su pupila alerta
y un corazón caliente de esperanza,
de aquel conscripto que dejó la novia con la guía de azahar ya preparada,
es que debes ahora por ti misma librar recia batalla
sin duda tan tremenda como aquélla.
Debes ahora sonreír de nuevo a la aurora que asoma en lontananza,
libre ya de malezas el camino que tu hijo despejó para tu planta.

Del fondo de su sangre combatiste vibrando tu presencia en la jornada.
Su voz de libertad fue antes un grito que había pasado ya por tu garganta.
En ti está la raíz de su proeza y a ti vuelven los frutos de su hazaña.
Hoy resuenan al cielo bronces nuevos en el ámbito claro de la patria
y hay un reverdecer de horas marchitas, y un deseo de paz, satura el alma.
Canción de cuna meciendo remembranzas, refugias tu tristeza sin palabras.
Por el porvenir de nuestros hijos, aquí estamos contigo aliento y lágrima.
Todas las madres hincadas de rodillas, felices de tener la prole intacta,
te pedimos perdón por nuestra dicha, y bebemos contigo la hora amarga.

~©Matilde Swann~

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